jueves, 10 de agosto de 2006

NOSTALGIAS




Mamiloca recuerda esta noche...

Por un momento, todos los amores que se fueron.
Los que perduran.
Los que no se olvidarán nunca aunque pasen mil años.
Y como hojas amarillas van siendo arrastrados por un viento cálido de otro mundo.



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martes, 8 de agosto de 2006

CAMUFLAJE

Mamiloca se disfraza esta noche. Es un guiño. Es por un momento ganas de verse otra cara. Jugar.
Probarse un traje nuevo.
Después al amanecer tal vez se acabe el juego y vuelva a ser la misma.
O tal vez se pruebe otro traje...

jueves, 3 de agosto de 2006

Cuento de sirenas



De tanta agua que llegó a entrar en casa

Las paredes desaparecieron un día.

Entró por la única ventana que quedaba una luna enorme que inundó de luz mi hogar sin paredes.

Me sentía rara cuando desperté, algo raro me impedía moverme como cada mañana, según mi costumbre de empezar poniendo lentamente un pie en el suelo, esperar un poquito y luego bajar el otro. No hubo manera. Mis dos pies querían hacerlo todo juntos, no podía separarlos. Miré y vi que en lugar de pies tenía una cola de pez enorme que encerraba mis piernas. Y me llevé un buen susto.

¡ Madre de dios, soy una sirena!!

Y alrededor de mí un mundo entero de agua hasta donde llega la vista.

Estoy un poco perdida. Es raro estar siempre en el agua, el agua que me envuelve fresquita y profunda, ese mundo que me acoge como si siempre hubiera sido mi casa.

Me gusta mirar la luna en la noche mientras las olas me acunan.

Y si de vez en cuando hay una tormenta, ya no tengo miedo. Me pongo a bailar con el mar y salto y me sumerjo de pronto y los rayos son fuegos artificiales y los truenos la mejor orquesta del mundo...

martes, 25 de julio de 2006

Catarsis

Mamiloca esta noche ha tenido un sueño triste. Y lo ha sacado al aire por ver si el viento se lo lleva.
Por ver si esta noche lo sueña de otra manera...



Sueño que caminamos por una ciudad lejana. Estamos viajando. Un río caudaloso nos acompaña y cruzamos un puente. Yo voy de la mano de mi compañero de siempre. Pero ha venido otro amigo con nosotros. Él me mira, me rodea, me llama con los ojos, me habla todo el rato como si no hubiera nadie más. Y yo no sé cómo acercarme a él porque mi compañero está conmigo y no quiero hacerle daño. Quiero irme con él, con ese amigo que viaja con nosotros y que no es nada mío, aún. Pero todo es difícil, y él aprovecha cualquier ocasión para acariciarme el pelo sin que los demás se den cuenta, me roza la mano, en un descuido un poco más largo de lo habitual me empuja tras una esquina y me roza los labios... Y yo no miro ya la ciudad, y quiero escapar de allí con él y que nadie entorpezca nuestro deseo incontenible.

Quiero perderme en él. Lo dejaría todo para conseguirlo, no puedo dejar de mirarle y ya no puedo resistir mucho más.

Pero a la vez le niego todo. No puedo darle lo que los dos queremos, aunque me muera por dentro mientras la gente alrededor, en la ciudad, sigue moviéndose ajena a nuestra angustia.

Y de repente él sale corriendo, y yo no quiero que se aleje porque sé que está desesperado, que hará cualquier cosa para que yo le siga. Grito su nombre, corro detrás de él para alcanzarle, pero no avanzo, mis pies no son capaces de trasportarme, y cada vez está más lejos, y le veo acercarse al río, y grito, y grito más, desesperada, y le llamo y le ruego que vuelva, pero ya no me oye. Ha cruzado el puente, y le veo llegar a la otra orilla corriendo, y se queda parado al borde del agua, y me lanza desde lejos una mirada inmensa que encierra todo su deseo, su súplica, su renuncia, y toda la tristeza del mundo. Y entonces comprendo y sé que ya no podré detenerle. Y salta al vacío. Y se hunde en el agua turbia que corre veloz entre las rocas. El río se lo traga. Y desaparece.

Y yo grito una vez más. Le quiero y no puedo alcanzarle. Le quiero y le he perdido.

Para siempre.

viernes, 7 de julio de 2006

Tebeos






Mamiloca desde su trabajo ha escrito esto MUY DEPRISA: en el trabajo tiene poco tiempo:


Era los viernes, si no recuerdo mal. Y era en Cádiz, tacita de plata. Pasaba allí los veranos, con mi familia, con mis primas, que vivían en la calle Zaragoza, junto a la plaza de San Antonio. Mi tío madrugaba muchísimo porque trabajaba en el puerto, en la lonja. Y los viernes madrugaba aún más, y un poco más tarde se pasaba por casa y nos dejaba un tesoro. Un tesoro misterioso, maravilloso, divertido, mágico. Sobre todo mágico. Eran los tebeos de la semana. !Lo menos cinco estupendos tebeos! que nos repartíamos y devorábamos con avidez y la mañana transcurría entre risas y aventuras y nos sumergía en un mundo aparte y distinto, un mundo de sueños donde todo era posible. Esperábamos esa mañana durante toda la semana, y ahora que lo pienso tal vez había en aquello algún motivo escondido; mis tíos, los pobrecitos, casi nunca tenían tiempo para estar solos, y ese día él aprovechaba, nos entretenía con los tebeos y después se echaba una siestita borreguera con su señora... pero eso a nosotros entonces no nos importaba en absoluto, de hecho ni nos enterábamos. Lo importante era la magnitud de ese regalo. Aquella casa de Cádiz... tenía un patio central y los tres pisos de que constaba el edificio tenían la misma disposición: había una galería en todo el contorno donde daban las habitaciones, y desde donde se podía charlar con todos los vecinos. Recuerdo los juegos. Y recuerdo los desayunos, las tostadas de barritas de pan recién hecho acompañadas con mantequilla salada... una mantequilla salada riquísima que no he vuelto a encontrar. Salada como el agua del mar que nos esperaba todos los días, ese Atlántico brioso e insuperable, inmenso, mi amante... Era el mar mi amante por esos tiempos, y yo con mis brazos abiertos quería abarcarlo todo, acariciarlo, y hasta el anochecer aquel era mi hogar y mi esposo. Y aquella fue mi primera historia de amor.

jueves, 22 de junio de 2006

Regalos

Mamiloca a veces en el camino se encuentra tesoros. Los va guardando en un armario dorado que tiene en su habitación. De cuando en cuando abre la puerta con cuidado y los va sacando uno a uno, los mira embobada y piensa en la suerte que ha tenido al tropezarse con ellos de esa manera, así como quien no quiere la cosa.Tiene ya una colección admirable de ellos. Algunos son de hace tiempo, por ejemplo una rosa que una vez le envió un amigo y que por alguna misteriosa razón no se marchita nunca...

Una cajita de música que encontró hace unos años en su buzón, una música que la emociona tanto que casi le da miedo escucharla.
La mitad de un paquete de tabaco de color azul, que un día decidió compartir no sabe por qué.
Dos bolitas juguetonas que llegaron a su vientre un día y de repente decidieron independizarse, y crecen y crecen y han viajado lejos y vuelven y están siempre ocupando casi todo el corazón de mamiloca... En este caso lo que guarda en el armario son dos lágrimas de emoción que cristalizaron en el mismo momento en que vio el fruto por primera vez. Así de misterioso es el mundo.
Puede que la gente no entienda la naturaleza de esos tesoros, pero así es mamiloca, un poco loca siempre.

Caminando iba hace unos días por una senda llena de sombras cuando tropezó con una botella de las que se lanzan al mar a recorrer mundo. Tenía dentro un papel blanco que mamiloca desenrolló, y lo que leyó en él le hizo sonreír y escuchar en su loca cabeza una música hermosa, como un solecito asomando entre nubes.
Y muy contenta caminó deprisa a su casa, abrió el armario de los tesoros y le buscó a la botella un rinconcito protegido. Y este hecho la alegró, porque ya hacía tiempo desde el último hallazgo, y ya iba siendo hora, la verdad...

lunes, 12 de junio de 2006

Recuerdo una tarde



Este es un poema de los que Mamiloca escribía cuando era una adolescente. Es lo que tienen los adolescentes, que de vez en cuando les da por escribir poemitas un poquito cursis. Pero a Mamiloca no le importa que sea cursi, porque ella lo escribió hace tiempo y no se arrepiente. Es suyo. Y dice así:

Recuerdo una tarde:
era en otoño,
sentados en un banco
del parque...
Estaba el parque amarillo
¿no recuerdas?
Caían a raudales
las hojas de los árboles...
Y tú me sonreías.
Recuerda:
Yo temblaba,
era una niña.
Y tú tenías entre tus manos
las mías,
y una rosa marchita
que moría.
Tú me besaste entonces,
nos besamos...
Fue una suave caricia,
fue un mundo fantástico,
fue la vida.
Fue felicidad...

Luego el otoño
nos saludó a los dos:
habíamos nacido.